Cuando tu vida funciona, pero no se siente tuya

Hay vidas que no se rompen.

Funcionan.

Se levantan a tiempo.

Contestan mensajes.

Cumplen con lo que prometieron.

Llegan al trabajo.

Pagan cuentas.

Sostienen vínculos.

Hacen lo que había que hacer.

Desde afuera, nada parece faltar.

Y quizá justamente por eso la pregunta tarda tanto en aparecer.

Porque cuando una vida funciona, pocas personas se detienen a preguntarse si también les pertenece.

Aprendemos muy temprano a convertirnos en alguien.

Buen hijo.

Buena madre.

Persona fuerte.

Profesional.

Pareja.

Alguien que puede con todo.

Al principio esos nombres son lugares que ocupamos.

Después se vuelven identidad.

Y con el tiempo dejamos de interpretar ciertos papeles.

Empezamos a creer que somos ellos.

Lo difícil es que muchas veces funcionan.

Funcionan tan bien que pueden acompañarnos durante años.

Incluso décadas.

Hasta que un día ocurre algo.

No necesariamente una crisis.

No necesariamente una pérdida.

A veces todo sigue igual.

La casa sigue ahí.

El trabajo sigue ahí.

Las personas siguen ahí.

Solo que algo dentro de ti deja de responder igual.

La conversación se vuelve repetida.

Las metas llegan y, después de un rato, dejan un silencio extraño.

Entonces muchas personas creen que les falta algo.

Otra relación.

Otro proyecto.

Otro lugar.

Otra versión de ti.

Y empiezan a buscar.

Sin sospechar que quizá no están buscando algo nuevo.

Quizá están buscando, por primera vez, un lugar propio dentro de la vida que ya tienen.

Porque hay una diferencia enorme entre mejorar una vida y preguntarte si esa vida nació de ti.

Esa pregunta asusta.

No porque siempre obligue a destruirlo todo.

A veces no hay que destruir nada.

A veces lo más difícil es mirar lo construido y aceptar que una parte de ti apenas participó en la elección.

Que dijiste que sí porque era lo correcto.

Porque era lo esperado.

Porque era lo posible.

Porque era lo que alguien como tú debía hacer.

Y no necesariamente estuvo mal.

No hay que convertir toda adaptación en traición.

A veces adaptarse fue la única forma de seguir.

De pertenecer.

De sobrevivir.

De no complicar más una vida que ya exigía demasiado.

Nadie nos enseña a conocernos.

Nos enseñan a responder.

A encajar.

A cumplir.

A sostener.

A funcionar.

Y muchas veces eso alcanza para construir una vida estable.

Pero no necesariamente una vida habitada.

Quizá por eso hay personas rodeadas de gente que, aun así, sienten que no pertenecen a ningún lugar.

No porque estén solas.

Sino porque todavía no han encontrado un lugar dentro de sí desde donde vivir.

Y esa sensación no se resuelve cambiando de ciudad.

Ni de pareja.

Ni de trabajo.

A veces cambiar el escenario ayuda.

Pero no siempre toca el centro.

Porque quizá el problema nunca fue solo el escenario.

Era el personaje que aprendiste a sostener para poder vivir en él.

Durante tanto tiempo aprendiste a ser quien mantenía todo en orden, que quizá nunca descubriste quién eras cuando ya no había nada que sostener.

Y ese descubrimiento no suele sentirse bonito.

No llega como una iluminación.

Llega más parecido a un duelo.

El duelo de reconocer que una parte de tu vida estuvo dedicada a sostener una versión de ti que hizo exactamente lo que necesitaba hacer para ser querida, aceptada o necesaria.

No fue un error.

Fue una forma de sobrevivir.

Pero hay versiones de nosotros que fueron refugio y después se vuelven un cuarto cerrado.

Nos protegieron.

Nos dieron lugar.

Nos permitieron avanzar.

Y aun así llega un momento en que ya no pueden ocupar todo el espacio.

Entonces aparece una pregunta lenta.

Una pregunta que no grita.

Solo empieza a quedarse.

Si nadie esperara nada de mí…

¿cómo elegiría vivir?

No para empezar de cero.

No para borrar todo lo construido.

No para despreciar la vida que te trajo hasta aquí.

Sino para dejar de vivir únicamente desde aquello que aprendiste que debías ser.

Tal vez conocerse no sea encontrar algo que estaba escondido.

Tal vez sea algo menos brillante.

Y mucho más difícil.

Dejar de abandonarte un poco cada vez que la vida pide una respuesta honesta.

Escuchar dónde dices que sí mientras algo en ti se apaga.

Notar dónde sigues cumpliendo aunque ya no estás.

Reconocer qué partes de tu vida sostienes por amor, cuáles por miedo y cuáles simplemente porque llevan demasiado tiempo ahí.

No siempre se trata de irse.

A veces se trata de volver.

Pero no a una versión anterior.

Volver al lugar interno desde donde una elección puede sentirse tuya.

Y quizá esa sea una de las tragedias más silenciosas que existen.

No fracasar.

No perderlo todo.

Sino haber construido una vida tan correcta…

que nunca terminaste de sentirla tuya.

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