Necesitas que funcione para perdonarte

Es extraño cuánto poder le damos al final para explicar todo lo que ocurrió antes.

Si después de años intentando algo finalmente lo consigues, miras hacia atrás y encuentras perseverancia.

Si no lo consigues, puedes mirar exactamente los mismos años y encontrar tiempo perdido.

El resultado cambia.

Pero también cambia la historia que cuentas sobre quien fuiste mientras esperabas.

Entonces aquello que soportaste adquiere sentido porque funcionó.

Los errores se convierten en aprendizaje.

Las dudas dejan de parecer señales de que estabas equivocado.

Sin ese final, todo es más difícil de defender.

Porque todavía podría salir mal.

Tal vez una meta no sólo promete una recompensa.

También promete absolución.

Si llegas, podrás perdonarte el cansancio.

El tiempo que no dedicaste a otra cosa.

Las veces que continuaste sin saber si tenía sentido.

Todo quedará justificado por el resultado.

Por eso, mientras estás en medio, no necesitas únicamente que algo ocurra.

Necesitas que aquello en lo que has puesto parte de tu vida se convierta en algo que pruebe que elegirlo tuvo sentido.

Eso vuelve la espera más pesada.

Ya no estás intentando solamente que funcione.

Estás intentando salvar del arrepentimiento a la persona que decidió comenzar.

Quizá por eso cuesta tanto abandonar ciertos caminos.

No siempre seguimos porque todavía los deseamos.

También seguimos porque detenernos dejaría demasiado tiempo sin explicación.

Una relación tiene que repararse para que todo lo tolerado haya valido la pena.

Una decisión tiene que conducir al lugar correcto para no convertirse en un error.

Necesitamos que el final venga a ordenar el pasado.

Que separe la perseverancia de la necedad.

El sacrificio del desperdicio.

Pero ningún final puede hacer esa separación con tanta precisión.

Hay cosas que funcionan y aun así cuestan demasiado.

Hay decisiones equivocadas que permiten ver algo que no habría podido entenderse de otra forma.

Y también hay caminos que no merecen ser defendidos sólo porque te tomó años recorrerlos.

El resultado importa.

Puede mostrarte si una decisión produjo aquello que buscabas.

Puede darte un punto donde terminar.

Lo que no puede hacer es dictar por sí solo cuánto valió tu vida mientras llegabas.

Aun así, miramos los resultados ajenos como si pudieran hacer esa cuenta por nosotros.

Vemos dónde viven, lo que construyeron, la edad a la que llegaron a cierto lugar.

Vemos puntos.

No lo que costaron.

Y los usamos para juzgar nuestra vida mientras todavía se mueve.

Un momento se convierte en una conclusión.

No sólo temes no llegar.

Temes lo que no llegar te hará pensar sobre todos los días que vinieron antes.

Pero hay etapas que todavía no pueden responder qué significan.

Siguen ocurriendo.

Mientras ocurren, sólo puedes mirar algo más cercano.

Lo que ese camino está pidiendo de ti.

Lo que has dejado de escuchar para poder continuar.

La parte de tu vida que existe ahora, antes de que algún desenlace venga a declararla acertada o equivocada.

Eso no garantiza que estés en el camino correcto.

Puedes descubrir que aquello que perseguías ya no te pertenece.

Puedes terminar sin encontrar una explicación hermosa para todo lo vivido.

No todos los años necesitan ser defendidos.

Pero tampoco todos necesitan producir una victoria para haber contado.

Un final puede decirte si llegaste.

No puede justificar todo lo que entregaste por haber llegado.

Tampoco convertir en inútil todo lo vivido porque no lo hiciste.

Hay caminos que terminan donde querías y aun así te costaron demasiado.

Otros no conducen al lugar esperado y, sin embargo, cambiaron algo que no habría cambiado de otra manera.

El final no explica el camino.

Sólo es el lugar desde el que, por ahora, lo estás mirando.

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