Lo que debía cuidarte

Trabajaste para estar tranquilo.

Calculaste. Ahorraste. Cuidaste. Dijiste que no a algunas cosas porque había algo más importante que construir.

Y funcionó.

Eso importa.

Tal vez conocías demasiado bien lo que era no tener seguridad. Y quizá alguna vez te prometiste que, si podías evitarlo, no volverías ahí.

Así que aprendiste a prever. A calcular cuánto entra y cuánto sale. A no desperdiciar.

A proteger lo conseguido porque sabes exactamente cuánto costó conseguirlo.

Y un día lo consigues.

No todo.

Pero suficiente para mirar alrededor y reconocer que aquello por lo que trabajaste está ahí.

La casa.

El negocio.

Los ahorros.

Una vida más estable.

Incluso ese sillón que querías para tu sala.

Solo que ahora nadie puede comer cerca del sillón. Los niños no deberían subirse. Hay que tener cuidado.

Costó demasiado.

Como ese perfume que te encanta y guardas para una ocasión especial.

Lo tienes.

Pero casi nunca lo hueles sobre tu propia piel.

No parece grave.

Quizá no lo sea.

Pero hay algo extraño en conseguir algo para disfrutarlo y después disfrutarlo menos para poder conservarlo.

El cálculo que te ayudó a construir empieza a acompañarte también cuando ya no estás construyendo.

Una cena tiene precio.

Un viaje se convierte en días de trabajo.

Algo que se desgasta no solo se desgasta. Recuerdas cuánto tardaste en adquirirlo.

Una parte de ti sigue haciendo cuentas.

Quizá esa manera de vivir fue precisamente la que te permitió llegar hasta aquí.

Querías seguridad para poder vivir con menos preocupación.

Pero ahora tienes algo que perder.

Y aparece otra preocupación: conservarlo.

Lo que debía cuidarte empieza a necesitar que tú lo cuides.

Levantaste algo para que otros tuvieran más oportunidades y puede costar entender que una de esas oportunidades sea elegir algo distinto de lo que construiste.

No necesariamente porque quieras decidir por ellos.

Tú conoces el precio.

Recuerdas lo que hubo que posponer.

Los domingos de trabajo.

Las veces que no se podía gastar.

Por eso, cuando alguien se relaciona con lo construido de otra manera, quizá no siempre sea fácil reconocer lo que está haciendo.

Lo que para otra persona es disfrutar, para ti puede parecer descuido.

Lo que para otra persona es usar, para ti puede parecer desgaste.

Lo que para otra persona es elegir, para ti puede sentirse como alejarse.

Trabajaste para que algún día se pudiera vivir con un poco menos de preocupación.

¿Qué significa que alguien finalmente lo haga?

Quizá llegue un momento en que ya no reconoces como fruto de tu esfuerzo la vida que tu esfuerzo pretendía hacer posible.

No porque cuidar haya dejado de importar.

Tal vez la seguridad sigue siendo real.

Tal vez cuidar sigue siendo necesario.

Y tal vez cuidar algo no sea lo mismo que vivir pendiente de perderlo.

Porque existe una forma silenciosa de perder algo sin que desaparezca.

El sillón sigue ahí.

El perfume sigue ahí.

El dinero sigue ahí.

El negocio sigue ahí.

No porque dejen de estar.

Sino porque empieza a desaparecer el para qué los querías.

Y entonces quizá la pregunta no sea cuánto más necesitas proteger.

Sino si todavía recuerdas para qué querías llegar hasta aquí.

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