Cuando nada te llena

Hay personas que no están exactamente vacías.

Solo están siempre un poco más adelante.

Más adelante en la semana.

Más adelante en el proyecto.

Más adelante en la versión de sí mismas que todavía no existe.

Viven tan acostumbradas a mirar hacia lo que sigue, que les cuesta permanecer en lo que ya está ocurriendo.

Por eso algunas alegrías duran tan poco.

No porque sean pequeñas.

Sino porque apenas aparecen, ya están siendo comparadas con la siguiente.

La conversación termina y la mente ya está en otro lugar.

El logro llega y casi inmediatamente se convierte en un nuevo punto de partida.

Incluso los momentos que antes parecían importantes pierden peso demasiado rápido.

Como si nada lograra quedarse dentro el tiempo suficiente.

Y entonces aparece una conclusión tentadora.

Quizá falta algo.

Algo más emocionante.

Más profundo.

Más grande.

Más definitivo.

Pero a veces la sensación de vacío no viene de la falta de algo.

Viene de una vida entera orientada hacia el después.

Hacia la siguiente meta.

La siguiente etapa.

La siguiente versión de uno mismo.

Porque hay personas que aprendieron a encontrar sentido en perseguir.

Y cuando no hay nada que perseguir, aparece una incomodidad difícil de nombrar.

La sensación de quedarse a solas con una vida que ya llegó.

No perfecta.

No resuelta.

Pero aquí.

Y eso puede ser más difícil de sostener de lo que parece.

Porque mientras exista algo pendiente, todavía hay una dirección.

Todavía hay una promesa.

Todavía existe la posibilidad de que lo que falta esté un poco más adelante.

A veces pasa algo extraño cuando finalmente consigues lo que durante años ocupó tu atención.

No alivio.

No plenitud.

Sino una breve confusión.

Como quien llega a una dirección después de un viaje largo y descubre que la puerta que buscaba no está ahí.

Entonces aparece otra meta.

Otro proyecto.

Otra expectativa.

Y la persecución continúa.

No siempre porque se desee.

A veces porque detenerse sería peor.

Porque detenerse demasiado tiempo obliga a encontrarse con algo que llevaba años esperando.

No necesariamente una herida.

Ni un problema.

A veces simplemente la propia vida.

Esa que quedó suspendida mientras todo apuntaba hacia el futuro.

Por eso algunas personas se sienten extrañamente vacías en momentos donde, desde afuera, todo parece estar funcionando.

No porque hayan perdido el rumbo.

No porque les falte gratitud.

No porque estén haciendo algo mal.

Quizá porque durante años aprendieron a relacionarse con la vida como una promesa.

Algo que estaba por llegar.

Algo que empezaría después.

Después de la siguiente meta.

Después del siguiente cambio.

Después de convertirse en alguien más.

Y llega un momento extraño.

Uno donde la vida deja de estar adelante.

Y aparece aquí.

En este trabajo.

En esta relación.

En este cuerpo.

En este día.

No perfecta.

No terminada.

Solo presente.

Y para quien pasó años mirando el horizonte, eso puede resultar desconcertante.

Porque descubrir que la vida ya llegó no siempre produce alivio.

A veces produce una pregunta mucho más difícil:

si dejo de perseguir lo que sigue,

¿sé cómo quedarme con lo que ya tengo?

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