Cuando explicar de más ya no tiene que ver con la comunicación

Ya sabes que no va a cambiar nada.

No después de la primera explicación.

Ni después de la segunda.

Hay un momento muy preciso en el que, mientras sigues hablando, una parte de ti ya entendió que una razón más no va a cambiar cómo se siente la otra persona.

Y aun así continúas.

La pregunta no es por qué sigues hablando.

Es qué sigues buscando todavía.

La respuesta parece sencilla.

Que entienda.

Pero si eso fuera suficiente, la conversación ya habría terminado.

Entonces, ¿qué estás esperando encontrar en la siguiente explicación que no encontraste en la anterior?

Quizá no sea comprensión.

Quizá sea paz.

La sensación de que ya no tienes que cargar con el peso de la decepción del otro.

La esperanza de que, si logras encontrar las palabras correctas, algo dentro de ti también podrá descansar.

Por eso sigues hablando.

No porque falte información.

Porque todavía estás intentando aliviar algo.

Y es ahí donde la conversación cambia sin que casi lo notes.

Empiezas explicando una decisión.

Terminas intentando cambiar una emoción.

Das un poco más de contexto.

Justificas algo que ya no necesitaba defensa.

Compartes detalles que, si la conversación terminara en ese momento, probablemente preferirías haberte guardado.

No porque sean falsos.

Sino porque ya no los estás compartiendo para comunicar.

Los estás compartiendo con la esperanza de que cambien la experiencia del otro.

Eso es lo que hace tan difícil reconocer lo que está pasando.

La empatía sí te permitió percibir algo real.

Percibiste la decepción.

El enojo.

La tristeza.

Incluso entendiste por qué esa persona podía sentirse así.

Nada de eso era un error.

El desplazamiento ocurrió después.

Cuando empezaste a sentir que, porque podías percibir esa emoción, ahora también te correspondía hacer algo con ella.

Sin darte cuenta, convertiste información en responsabilidad.

Y ahí la sobreexplicación deja de ser una forma de comunicar.

Empieza a ser una forma de cargar.

Dejas de explicar para comunicar y empiezas a explicar para hacerte cargo de una emoción que nunca estuvo en tus manos.

Quizá por eso el arrepentimiento aparece donde menos lo esperabas.

No por lo que callaste.

Sino por todo lo que entregaste intentando conseguir una paz que esa conversación no podía darte.

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