No te quieren ver caer.
Pero tampoco
verte crecer sin ellos.
No te lo dicen así.
Nunca sería tan claro.
Se siente distinto.
Como una broma
que se alarga un poco más de la cuenta.
Un comentario
que no sabes si es en serio.
Una forma de mirarte
como si ya no encajaras del todo.
Nada directo.
Pero suficiente.
Para que empieces a notarlo.
Y después,
a ajustarte.
No porque te lo pidan.
Porque no quieres perderlos.
Entonces haces algo pequeño.
Bajas el tono.
Restas importancia.
Te haces más fácil de digerir.
Para no incomodarloes,
Pero sobre todo
para no incomodarte tú.
Y ahí empieza.
No dudas de lo que estás haciendo.
Dudas de ti.
De si crecer así te vuelve egoísta.
De si alejarte es traicionar.
De si avanzar implica dejar atrás
algo que no quieres soltar.
Y entonces negocias.
No te detienes.
Pero tampoco avanzas limpio.
Mides lo que dices.
Filtras lo que compartes.
Te editas.
Para no romper.
Sigues creciendo.
Pero con cuidado.
Con culpa.
Y eso no te frena de golpe.
Te cambia lento.
Porque no dejas de avanzar.
Pero empiezas a convertirte
en alguien
que crece
sin incomodar demasiado.
Alguien que se expande
pero pide disculpas.
Alguien que avanza
sin ocupar del todo su lugar.
Y eso tiene un costo.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
Porque llega un punto
donde ya no sabes
si lo que muestras eres tú
o la versión que no molesta.
Y desde ahí,
ya no es solo crecer.
Es sostenerte
si regresar.
Si algo de esto se repite, vuelve al inicio: No te falta claridad

Deja un comentario