Ya decidiste.
No lo dijiste en voz alta,
pero ya está hecho.
Lo supiste en un momento específico.
Sin análisis.
Sin vueltas.
Solo claridad.
Y después de eso
no cambió nada.
Sigues contestando.
Sigues apareciendo.
Sigues actuando como si no.
No porque dudes.
Porque no sostienes.
Escribes el mensaje
y no lo envías.
Dices “mañana lo hablo”
y mañana haces lo mismo.
Te comportas normal
con alguien con quien ya decidiste terminar.
Ahí no hay confusión.
Hay algo más incómodo.
Das un paso…
y lo deshaces.
No una vez.
Varias.
Sin ruido.
Como si nadie se fuera a dar cuenta.
Pero sí pasa algo.
Cada vez que te regresas,
no solo evitas la decisión.
Te acostumbras
a no sostenerte.
A decirte algo
y no cumplirlo.
A confiar menos en lo que sabes.
Y eso se acumula.
Porque el problema no es que no decidas.
El problema es que decides
y no haces nada con eso.
Y entonces aparece una palabra más cómoda:
“indecisión”
Pero no es eso.
La indecisión sería no saber.
Tú sí sabes.
Solo que actuar en consecuencia
rompe algo.
Y eso es lo que estás evitando.
No el error.
La pérdida.
Porque si lo haces,
se cae algo.
Una relación.
Una dinámica.
Una versión de ti
que ya no encaja.
Y no sabes qué queda después.
Entonces te regresas.
No porque no puedas avanzar.
Porque todavía no quieres
sostener lo que implica hacerlo.
Y mientras tanto
te dices que lo estás pensando.
Que lo estás viendo.
Que no estás listo.
Pero no es falta de tiempo.
Es falta de disposición
a perder lo que ya sabes
que tienes que soltar.
Si crees que esto es falta de claridad… todavía no estás viendo algo importante.
Sigue aquí: Ya elegiste quién decide por ti

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