Vuelves a quien ya sabes ser.

Hombre con sobrepeso de espaldas en un espacio vacío, de pie dentro de un círculo en el suelo que sugiere repetición y regreso al mismo lugar.

No te saboteas cuando estás mal.
Te saboteas cuando estás mejor.

Cuando ya bajaste de peso.
Cuando dejaste de fumar.
Cuando te alejaste de alguien que te hacía daño.
Cuando ya no eres exactamente quien eras.

Ahí pasa.

Te sientes distinto.

Más ligero.
Más claro.
Más en control.

Pero ese “mejor” no te es familiar.

No sabes cómo sostenerlo.

No sabes cómo ser esa versión.

Y es justo ahí donde empieza.

Entonces haces algo.

No grande.

Algo pequeño.

Un “no pasa nada”.
Un “solo hoy”.
Un “igual ya avancé”.

Y lo haces.

Sabiendo.

Hay un segundo donde lo ves.

Donde podrías no hacerlo.

Y no cambias de dirección.

Prefieres lo conocido.

Aunque te dañe.
Aunque ya no lo quieras.

Porque ahí al menos sabes cómo moverte.

Sabes quién eres.

Entonces haces lo mínimo necesario para romperlo.

No todo.

Solo lo suficiente.

Y funciona.

Siempre funciona.

Regresas a ti.

A la versión que entiendes.

Pero no solo perdiste avance.

Perdiste algo más difícil de recuperar:

la confianza en ti.

Porque ya viste que podías hacerlo.

Y aun así elegiste no sostenerlo.

Y cada vez que lo haces,

no solo vuelves.

te haces más pequeño.

Empiezas desde menos.

No solo en el proceso.

En ti.

Porque ya no solo estás cambiando.

Ahora también estás dudando de ti.

Y lo sigues haciendo.

Porque hay algo que no dices:

es cómodo ser así.

No exige nada nuevo.
No te obliga a sostener nada distinto.
No te confronta con una versión que no sabes habitar.

Entonces eliges eso.

Una y otra vez.

No es que no avances.

Es que cuando empiezas a dejar de ser quien eras…

te regresas antes de descubrir quién podrías ser.

Pero volver también pesa.

Y esto lo prueba: Sentir culpa por crecer

.

Deja un comentario

Descubre más desde Orva

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo