Quizá todavía no estás listo para estar bien.
Y quizá tampoco deberías exigírtelo.
No porque el dolor tenga algo que enseñarte.
Ni porque todo ocurra por una razón.
Tampoco porque un día vayas a agradecer lo que pasó.
Hay cosas que no necesitan encontrar un sentido para haber sido reales.
Ausencias que ningún aprendizaje consigue compensar.
Y, sin embargo, aparece la prisa.
La necesidad de volver a salir.
De recuperar la rutina.
De demostrar que aquello no va a definirte.
Desde fuera puede parecer esperanza.
Desde dentro, a veces, es miedo a descubrir qué ocurre si dejas de moverte.
Vuelves a llenar los días.
Aprendes a hablar de lo ocurrido sin detenerte demasiado en ninguna parte.
Durante un tiempo parece funcionar.
Hasta que una fecha, una conversación o un lugar te devuelven algo que creías haber dejado atrás.
No estabas mintiendo cuando pensabas que te encontrabas mejor.
También esos días fueron reales.
Pero estar distraído no siempre significa haber dejado de huir.
A veces solo significa que el dolor aprendió a esperar.
Quizá por eso el cambio no empieza cuando deja de doler.
Empieza cuando su regreso ya no te obliga a salir inmediatamente de ti.
Todavía pesa.
Todavía existen momentos en los que no quieres hablar con nadie y otros en los que harías cualquier cosa por no quedarte en silencio.
Pero algo comienza a ser distinto.
Puedes sentir tristeza sin convertirla enseguida en una pregunta que debes responder.
Puedes recordar lo ocurrido sin buscar una explicación nueva.
Ya no necesitas decidir qué significa todo mientras está ocurriendo.
Tampoco necesitas demostrar que lo estás llevando bien.
Quizá durante mucho tiempo confundiste estar mejor con dejar de sentir.
Como si cualquier regreso del dolor revelara que habías retrocedido.
Como si una tarde difícil pudiera borrar todos los días que vinieron antes.
Pero hay dolores que no avanzan en línea recta.
También puedes extrañar profundamente y, al mismo tiempo, querer lo que todavía permanece.
Tal vez estar presente no consiste en elegir una sola emoción.
Consiste en permitir que la vida tenga más de una verdad al mismo tiempo.
La pérdida sigue siendo pérdida.
La ausencia sigue siendo ausencia.
Y, sin embargo, permaneces.
No porque el dolor haya terminado.
Sino porque ya no necesitas abandonarte cada vez que vuelve.
El final sigue abierto.
¿Y si nunca se trató de volver a estar bien, sino de dejar de escapar de ti mientras todavía no lo estás?
