La conciencia también tiene efectos secundarios

Hay personas que convierten toda su vida en un salón de clase.

Aprenden.

Reflexionan.

Analizan.

Observan.

Intentan entender por qué sienten lo que sienten, por qué repiten lo que repiten, por qué les duele lo que les duele.

Y durante un tiempo, eso ayuda.

Porque hay momentos en los que mirar hacia dentro no es una opción. Es una necesidad.

La conciencia ilumina cosas que de otro modo seguirían gobernando desde la oscuridad.

Pero a veces ocurre algo extraño.

La herramienta empieza a ocupar más espacio que aquello que vino a ayudar.

La observación se vuelve permanente.

Ya no aparece cuando hace falta.

Se queda.

Entonces una conversación deja de ser solo una conversación.

Una tristeza deja de ser solo tristeza.

Incluso un duelo puede convertirse en una tarea.

¿Lo estoy procesando bien?

¿Estoy avanzando?

¿Ya debería sentirme diferente?

Como si además del dolor existiera la obligación de administrarlo correctamente.

Y quizás nadie habla de esto porque entender duele menos que sentir.

La conciencia se vuelve refugio sin que nadie lo decida.

La vida termina pasando por demasiados filtros antes de ser vivida.

Por eso algunas personas llegan a entenderse mejor que nunca y, aun así, sienten que algo falta.

No porque estén rotas.

No porque no hayan aprendido suficiente.

Sino porque existe una diferencia entre comprender una experiencia y habitarla.

La diferencia entre observar una ola y entrar al mar.

Hay experiencias que no necesitan análisis.

Necesitan presencia.

Necesitan entrega.

Nadie recuerda los momentos más vivos de su vida por la calidad del análisis que hizo sobre ellos.

Los recuerda porque durante unos instantes dejó de supervisarse.

Y estuvo completamente ahí.

Por eso la idea de que la vida es una escuela siempre ha parecido incompleta.

Las escuelas también tienen recreo.

Y nunca fue considerado una falla del sistema.

Era parte del sistema.

Un espacio donde nadie tomaba apuntes.

Donde nadie evaluaba su progreso.

Donde nadie intentaba aprender nada.

Y aun así algo importante ocurría.

Porque hay cosas que solo se descubren cuando uno deja de intentar descubrirlas.

Y algunas experiencias no necesitan ser entendidas.

Necesitan ser vividas.

La vida ya empezó.

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