Las expectativas no son tan inocentes
como parecen.
No aparecen de la nada.
Las armas tú.
Sin darte cuenta.
Nombras a alguien.
“mi mejor amigo”
“mi pareja”
“alguien importante”
Y en ese nombrarlo,
le asignas algo.
Un lugar.
Una forma de estar.
Una responsabilidad contigo.
No lo hablas.
Pero lo das por hecho.
Como si el otro ya supiera
lo que significa para ti.
Y entonces pasa algo pequeño.
Te sientes mal.
Te pasa algo importante.
Piensas en esa persona.
La buscas.
Esperas.
Que pregunte.
Que note.
Que aparezca.
Pero no pasa.
Y ahí se rompe algo.
No el vínculo.
La historia que habías armado.
Y no cuestionas eso.
Cuestionas a la persona.
“no estuvo cuando lo necesité”
“yo sí habría hecho eso”
“me falló”
Pero no te falló.
Nunca supo
lo que esperabas.
Nunca aceptó ese acuerdo.
Porque ese acuerdo
lo hiciste tú solo.
Pero lo viviste
como si fuera compartido.
Y eso te deja bien parado.
Tú sí diste.
Tú sí estuviste.
Tú sí cumpliste.
Y el otro queda corto.
Y así evitas lo incómodo.
Que esperabas algo
que nunca existió.
Que necesitabas algo
que no pediste.
Y que preferiste creer
que alguien más lo iba a sostener.
Porque eso
te evitaba hacer algo más difícil:
hacerte cargo tú.
Y cuando eso no pasa,
no solo pierdes al otro.
Te encuentras con algo peor.
Todo lo que dejaste de hacer por ti
mientras esperabas
que alguien más lo hiciera.
Que tal si revisas: Eso que llamas Tóxico

Deja un comentario