Si todos a tu alrededor son tóxicos,
algo no está cerrando.
Siempre es lo mismo.
Cambia la cara.
No lo que toleras.
La pareja.
La familia.
La amistad.
Alguien cruza un límite.
Alguien te incomoda.
Algo no se siente bien desde el inicio.
Lo notas.
Pero no dices nada.
Te esperas.
“Capaz exagero.
No todo es tan malo.”
Y te quedas.
No cuando ya es insostenible.
Antes.
Cuando todavía podrías moverte fácil.
Pero eliges no hacerlo.
Entonces pasa lo de siempre.
Empiezas a ceder en cosas pequeñas.
Respondes cuando no quieres.
Aceptas planes que no te hacen sentido.
Callas comentarios que sí te molestaron.
Nada grande.
Nada “tóxico”.
Todavía.
Hasta que se acumula.
Y un día ya no es una incomodidad.
Es desgaste.
Ahí sí hablas.
Ahí sí explotas.
Ahí sí pones el límite.
Pero ya es tarde.
Porque no estás poniendo un límite.
Estás reaccionando
a todo lo que no pusiste antes.
Y entonces te vas.
Y lo nombras:
“era muy tóxico”
Y suena bien.
Te deja limpio.
Ordena la historia.
Pero no la cambia.
Porque no fue solo una vez.
Ni dos.
No te quedas porque no lo notes.
Te quedas porque, en ese momento,
irte cuesta más que adaptarte.
Porque perder eso —la relación, la atención—
pesa más que incomodarte un poco.
Entonces negocias contigo.
Bajas el estándar.
Postergas la conversación.
Te acomodas.
Y no pasa nada.
Ese es el problema.
No pasa nada.
Nadie se va.
Nada explota.
Nada termina.
Solo te vuelves alguien
que tolera lo que antes no toleraba.
Alguien que se explica
lo que antes le incomodaba.
Alguien que se queda
cuando antes se habría ido.
Hasta que ya no te reconoces ahí.
Y cuando por fin te vas,
sí:
todo es tóxico.
Pero no empezó así.
Se volvió.
Y tú estuviste ahí
mientras se volvía.
No es solo la persona.
Es cuánto estás dispuesto a aguantar
antes de hacer algo distinto.
Esto te va a mover más: Eso que tienes no es amor

Deja un comentario