No te falta claridad

Hay decisiones que no se toman una vez.

Se toman muchas.

La primera suele ocurrir en silencio.

Sin ceremonia.

Sin una conversación definitiva.

Sin una lista de pros y contras.

Solo un momento.

Una frase.

Una sensación.

Algo dentro de ti que entiende antes de que puedas explicarlo.

Se terminó.

Ya no quieres seguir ahí.

Ya no crees en lo mismo.

Ya no puedes sostener la historia de la misma manera.

Y después de ese momento ocurre algo extraño.

La vida sigue igual.

La otra persona sigue escribiendo.

El trabajo sigue esperándote el lunes.

La rutina sigue funcionando.

Desde afuera nada cambió.

Y quizá por eso es tan fácil fingir que tampoco cambió por dentro.

Te dices que necesitas tiempo.

Que todavía estás pensando.

Que quieres estar seguro.

Que no conviene tomar decisiones impulsivas.

Y algunas veces eso es cierto.

Pero otras veces no.

Otras veces ya sabes.

Lo que no sabes es cómo vivir con lo que sabes.

Porque la claridad suele recibir demasiado crédito.

Como si entender algo fuera suficiente para transformarlo.

Como si ver una verdad automáticamente nos diera fuerza para actuar en consecuencia.

Y no funciona así.

Hay personas que saben desde hace meses que una relación terminó.

Y siguen intentando rescatarla.

Personas que saben que un trabajo las está vaciando.

Y siguen llegando cada mañana.

Personas que entienden perfectamente qué necesitan decir.

Y aun así no encuentran el momento.

No porque les falte claridad.

Porque actuar tiene un costo.

Y el costo no siempre es el que parece.

No es solo perder una relación.

Es perder los planes que vivían dentro de ella.

Las versiones futuras que todavía habitabas.

Las conversaciones que nunca ocurrieron.

La posibilidad de que, si esperabas un poco más, algo cambiara.

No renuncias únicamente a una persona.

Renuncias a una expectativa.

Y las expectativas suelen tardar más en morir que los hechos.

Por eso a veces hacemos algo curioso.

Seguimos presentes en lugares de los que ya nos fuimos por dentro.

Respondemos mensajes.

Cumplimos rutinas.

Mantenemos conversaciones.

Interpretamos el mismo papel.

Mientras una parte de nosotros ya sabe que la historia cambió.

Y esa distancia tiene un precio.

No porque retrase la decisión.

Porque lentamente erosiona la confianza en uno mismo.

Empiezas a ver algo con claridad.

Y luego actúas como si no lo vieras.

Lo vuelves a hacer.

Y otra vez.

Y otra.

Hasta que la pregunta deja de ser qué decisión debes tomar.

La pregunta pasa a ser si todavía confías en lo que sabes.

Porque cada regreso tiene algo de negociación.

Algo de esperanza.

Algo de miedo.

Pero también tiene algo de despedida postergada.

Y las despedidas postergadas tienen una característica extraña.

No evitan el dolor.

Solo lo distribuyen.

Lo convierten en pequeñas dosis diarias.

En conversaciones que ya no quieres tener.

En versiones de ti que ya no encajan.

En días enteros dedicados a sostener algo que internamente ya terminó.

Por eso muchas veces no estamos confundidos.

Estamos de duelo.

Un duelo anticipado.

El duelo de algo que todavía existe físicamente, pero que ya empezó a desaparecer por dentro.

Y quizá esa sea la parte más difícil de aceptar.

Que algunas decisiones no requieren más claridad.

Requieren la disposición de perder una vida que todavía no ha terminado de irse.

Y eso es mucho más difícil que decidir.

Seguir leyendo desde aquí:

Explora Decisiones y Identidad

Volver a todos los artículos

Compartir: WhatsAppThreads

Los comentarios están cerrados.

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑