Todavía hay algo que no sabes de mí

Vuelves a encontrarte con personas que te conocen desde hace años.

Hay cariño, recuerdos y una facilidad para reírse que parecía intacta.

Hasta que aparece el apodo de la escuela. La anécdota que cuentan cuando llega alguien nuevo. Ese adjetivo que alguna vez te describió, pero ya no te define.

Algunos recuerdos siguen siendo divertidos. Puedes disfrutarlos sin sentir que te quitan nada.

Pero esta vez una broma espera una respuesta que ya no te sale.

Dejas pasar el comentario. O dices, sin demasiado énfasis, que ya no te gusta que te llamen así.

“Ya cambiaste.”

Es cierto.

Entre una reunión y otra hubo años que no compartieron. Conociste personas, tomaste decisiones, te equivocaste en cosas que ellos no vieron.

El cariño pudo mantenerse.

La manera de tratarse quedó donde la dejaron.

Un apodo recupera una época en segundos. Una broma permite sentir que la distancia no fue tanta. Por eso es tan fácil responder como antes, aceptar el lugar que ocupabas, y que por un rato todos sepan cómo estar contigo.

Hasta que dices algo en serio y recuerdan que siempre fuiste exagerado. Expresas una preferencia y alguien señala que antes eso te molestaba.

Antes de que termines de hablar, el pasado ya respondió por ti.

Viniste a pasarla bien. No quieres convertir el encuentro en una discusión.

Entonces te ríes.

Y lo que intentabas contar se queda sin lugar.

No hace falta pelear con cada recuerdo. Tampoco necesitas negar que eras así.

Eras tú.

Esa historia te pertenece, pero también te pertenece lo que ocurrió después. Recordar una parte de tu vida no alcanza para conocerla entera.

También puedes estar del otro lado de esta costumbre.

La persona que recuerdas tímida tiene cosas que decir. Quien siempre hacía reír puede querer hablar en serio.

Alguien a quien sigues dando consejos lleva tiempo tomando decisiones sin ti.

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