Pensar en irte tiene una injusticia difícil de explicar.
Todo lo que puedes perder ya existe.
La persona con la que compartes tu vida. La casa. Las familias. Los amigos. Los planes. Esa tranquilidad que alguna vez diste a quienes te quieren: ya está bien, ya encontró a alguien, ya construyó su vida.
Puedes verlo todo.
Lo que podrías ganar si te vas, no.
Por eso pesa tan poco.
No sabes si volverás a enamorarte. No sabes quién seguirá cerca. No sabes dónde vas a vivir. No sabes quién vas a ser cuando dejes de ser quien has sido durante años.
De un lado tienes una vida.
Del otro, algo que todavía no existe.
Y pretendes compararlos.
Pero hay algo peor.
Del otro lado tampoco hay una vida esperándote.
Hay espacio.
Nada garantiza que vayas a llenarlo bien.
Irte no te entrega una vida más auténtica. No te devuelve automáticamente las ganas. No te promete otro amor ni una versión mejor de ti.
Sólo abre una posibilidad.
Y después tendrás que aprender a vivir dentro de ella.
Quizá por eso puedes pasar tanto tiempo haciendo inventario de todo lo que vas a perder.
Tiene sentido.
Es muchísimo.
Pero rara vez haces con la misma precisión el inventario de lo que estás perdiendo mientras te quedas.
Porque eso es más difícil de fotografiar.
No puedes poner sobre la mesa la curiosidad que ya no tienes.
No puedes señalar los años futuros que todavía no ocurrieron.
No puedes demostrar quién habrías sido.
No sabes cuánto de ti estás dejando atrás por conservar intacto todo lo demás.
Eso no aparece en ninguna cuenta.
Por eso quedarse puede parecer gratis durante mucho tiempo.
No lo es.
Irse tampoco.
No siempre estás eligiendo entre dolor y ausencia de dolor.
A veces estás eligiendo qué pérdida estás dispuesto a mirar.
Y hay otra cosa.
Sería más fácil si pudieras saber que todos estarán bien.
Que las familias volverán a reír.
Que la persona que dejas encontrará otra vida.
Que tus padres dejarán de preocuparse.
Que los amigos que pierdas serán reemplazados por otros.
Que algún día mirarás hacia atrás y pensarás: valió la pena.
Pero cuando tienes que decidir no sabes nada de eso.
No tienes las fotografías.
Todavía no existen.
Tienes enfrente una vida completa que puedes nombrar y, del otro lado, una posibilidad que además depende, en buena parte, de lo que hagas con ella.
No es una comparación justa.
Nunca lo fue.
Quizá por eso hay decisiones que no pueden tomarse cuando finalmente tienes suficientes garantías.
Para entonces tendrías que haber vivido el futuro primero.
Del futuro sabes poco.
De ti, con suerte, sabes un poco más.
Sabes cómo has reaccionado cuando has tenido miedo.
Sabes si acostumbras huir o quedarte demasiado.
Sabes cuántas veces te has contado una historia para no tocar otra.
Y a veces sabes perfectamente cuándo estás ante una duda y cuándo sólo sigues llamándolo duda porque todavía no sabes qué hacer con la certeza.
Eso no garantiza que vayas a acertar.
Sólo hace un poco más difícil engañarte.
Y quizá sea todo lo que tienes.
Un día, esa vida futura deja de ser futura.
No ocurre de golpe.
Primero es apenas un pensamiento que no habías tenido en años.
Después una curiosidad.
Algo vuelve a importarte.
Te descubres haciendo un plan.
Una mañana te despiertas y quieres saber qué sigue.
No estás renaciendo.
No te convertiste en alguien nuevo.
La vida tampoco resultó ser esa recompensa que imaginabas mientras tenías miedo.
Tiene problemas.
Hay errores.
Hay días malos.
Hay pérdidas que no recuperaste.
Personas que efectivamente se fueron.
Cosas que rompiste y no volvieron a ser como antes.
Y también fueron apareciendo cosas que entonces no podías imaginar.
No necesariamente mejores.
Otros problemas. Otros afectos. Decisiones que salieron bien y otras que no. Días comunes. Planes que tampoco resultaron como esperabas. Personas que llegaron sin que supieras que algún día iban a existir en tu vida.
Hasta que, casi sin darte cuenta, lo que entonces era sólo una posibilidad dejó de serlo.
También tenía historia.
También tenía pérdidas.
También era real.
Y entonces entiendes algo que no podías utilizar para decidir, porque sólo podía saberse después:
la vida que no podías poner en la balanza también era una vida.
Sólo que entonces todavía no había nada que pesar.
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