Nadie se queda en una relación por accidente.

Muchas veces las parejas no se unen por amor.
Se unen por lo que cada uno necesita seguir evitando.

Uno necesita ser sostenido.
El otro necesita sentirse necesario.
Uno necesita culpar.
El otro necesita cargar.

Y así funciona.
No es casualidad. Es acuerdo.

Un acuerdo inconsciente donde ambos ganan algo,
aunque lo que ganen los desgaste.

No te quedas porque amas.
Te quedas porque te sirve.

Te sirve tener a quién culpar.
Te sirve no verte.
Te sirve seguir siendo la misma persona sin cuestionarte.

La víctima no solo sufre.
También obtiene.

Obtiene atención.
Obtiene justificación.
Obtiene una historia que la protege de hacerse responsable.

Por eso, cuando uno cambia, todo se rompe.

No porque el amor se acabó,
sino porque el acuerdo dejó de funcionar.

El otro no reclama por amor.
Reclama porque perdió el lugar donde se sostenía.

Y entonces viene el juicio:

“Fracasó la relación”.
“No supieron luchar”.
“El amor no fue suficiente”.

No.

La relación funcionó perfectamente
para lo que estaba diseñada:

sostener dos heridas que no querían mirarse.

Yo no me divorcié por falta de amor.

Me divorcié porque ya me daba tristeza verme al espejo.

Porque entendí que quedarme también era una decisión,
y que seguir ahí me permitía no hacerme responsable.

Porque era más fácil sostener la dinámica
que romperla.

Y dejé de querer ser esa persona.

El divorcio no es fracaso:
es lo único honesto que queda
cuando ya no quieres seguir jugando el mismo papel.

Si quieres una relación distinta,
no empieces buscando a alguien distinto.

Empieza dejando de necesitar lo mismo.

Mientras necesites lo mismo,
vas a elegir distinto… pero igual.

Deja un comentario